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Un Mensaje a la Conciencia
Populares programas de 4 minutos que comienzan con una anécdota o historia y terminan con una aplicación moral y espiritual. Se han transmitido de lunes a sábado durante más de 40 años. Actualmente se difunden más de 4 mil veces al día en 30 países en la radio, la televisión y la prensa, y ahora via Internet en Conciencia.net.

Conciencia.net
  • NIEVE, VIENTO Y SOL

    Un blanco manto se extendía por todos lados. Era la primera nevada otoñal en Noruega, y la nación entera estaba cubierta del blanco armiño.

    Tres niños jugaban en la nieve: la pequeña Silje Redegaard, de cinco años de edad, y dos amiguitos de ella, uno de cinco años y otro de seis.

    De pronto, en un sorpresivo estallido de violencia, los dos niños comenzaron a pegarle con palos a Silje Redegaard, hasta que quedó inconsciente. Poco tiempo después murió, congelada. Los dos homicidas pudieron explicar lo que pasó. Lo maravilloso, lo increíble, lo inesperado fue la reacción de la madre de Silje, Beathe Redegaard, pues dijo: «Yo perdono a estos niños. Ellos no sabían lo que hacían.»

    Aquel trágico suceso sacudió a toda Noruega, un país excepcionalmente culto, pacífico y ordenado. Nadie hubiera esperado que dos niños tan pequeños tuvieran tal ataque de furia. En la blanca nieve del otoño, sopló, de golpe, el viento de la violencia. Pero luego hubo, también, un rayo de sol: el perdón de la madre de la niña muerta.

    La nieve, el viento y el sol pueden emplearse como símbolos del drama universal humano. La nieve es fría, inmóvil, silenciosa. Representa, en toda su indiferencia y frialdad, la muerte. El viento, que a veces se vuelve torbellino al soplar con furia descontrolada, representa la violencia. Y el sol, cálido y bueno, representa la acción perdonadora y salvadora de Dios. Por eso a Cristo se le llama en la Biblia «el sol de justicia» (Malaquías 4:2).

    Toda acción ofensiva de los hombres —toda injusticia, todo despotismo, todo pecado— trae aparejada la muerte. «La paga del pecado es muerte» (Romanos 6:23a) es la sentencia inapelable de Dios. Y hay que reconocer que vientos de violencia soplan furiosos por todas las comarcas del mundo.

    Sin embargo, hay un Sol de justicia que nos ofrece perdón, tal como se lo ofreció Beathe Redegaard a los dos niños asesinos de su hijita. Puede haber en la humanidad mucha violencia, mucha maldad y mucho pecado, pero por encima de todo hay un inmenso manto de perdón.

    Fue San Pablo quien dijo que «la paga del pecado es muerte». Pero añadió que «la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Romanos 6:23b). El sacrificio de Cristo al morir en la cruz basta para limpiar todos nuestros pecados.

    Si le pedimos perdón a Dios, no importa cuáles ni cuántos han sido nuestros pecados, con tal que nos arrepintamos sincera y profundamente. Cristo desea ser nuestro Salvador.

    Hermano Pablo
    Un Mensaje a la Conciencia
    www.conciencia.net



  • IMÁGENES DESENFOCADAS

    Era la primavera del año 1965. El astrofísico francés, Jacques Blamont, había tenido una extraordinaria oportunidad de fotografiar ciertas posiciones estelares que no volverían a repetirse en medio siglo. El mundo astronómico esperaba con ansiedad los resultados de aquellas fotos. El científico mismo casi pierde la paciencia al esperar el revelado de la película y la impresión de las fotografías.

    Cuando éstas, al fin, se examinaron, hubo pánico entre los astrónomos. El equipo fotográfico había fallado. Parece que uno de los lentes se había aflojado, y todo el resultado de ese trabajo, que no podía repetirse, había quedado fuera de enfoque.

    Cuando el científico ya se disponía a echar a la basura su trabajo, Jorge Stroke, un ingeniero eléctrico, le dijo: «No lo botes, Jacques. Dame un poco de tiempo, a ver si de estas fotografías desenfocadas no te produzco algo que te pueda servir.» En efecto, no le tomó más de un año cumplir su promesa.

    Stroke había descubierto que esas imágenes, llamadas fotografías, no eran más que una serie de sombras y luces formadas por puntitos microscópicos que, por estar tan unidos, se reproducían como una foto. Cuando la fotografía estaba desenfocada, aquellos puntos microscópicos estaban desparramados y se traslapaban unos sobre otros. Para reproducir una foto enfocada de nuevo —dedujo Stroke—, tendría que trabajar, por medio de un microscopio, con cada célula de luz y volverla a su posición original. Así fue como el 18 de marzo del año 1966, el ingeniero Stroke logró entregarle las fotografías al científico Blamont en una condición casi perfecta. El milagro de la hazaña fue la gran noticia en el mundo científico.

    Así como cada una de las fotos iniciales de Blamont, también la vida de muchos de nosotros no es más que una imagen desenfocada. Nada está claro. Nada tiene definición. Nada nos sale bien. Nuestra vida revela una evidente falta de nitidez. Pero gracias a nuestro Padre celestial, hay un Ingeniero que sabe cómo tomar nuestra vida opaca e indefinida y hacer de ella una imagen nítida, de alta definición. Se trata de su Hijo Jesucristo. El apóstol Pablo nos explica que Dios «nos libró del dominio de la oscuridad y nos trasladó al [reino de luz, el] reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención, el perdón de pecados». Cristo es

    la imagen del Dios invisible,
    el primogénito de toda creación,
    porque por medio de él fueron creadas todas las cosas
    en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles¼:
    todo ha sido creado
    por medio de él y para él.
    Él es anterior a todas las cosas,
    que por medio de él forman un todo coherente.1

    Cristo puede limpiar todo lo borroso de nuestra vida. Él quiere aclararla y darle nitidez. Pero no requiere de un año para lograrlo. Basta con que le demos un instante para que lo haga.

    Carlos Rey
    Un Mensaje a la Conciencia
    www.conciencia.net


    1 Col 1:12-17


  • UNA UNIÓN PERFECTA

    El día martes se dieron el «sí». Intercambiaron votos y promesas nupciales, intercambiaron anillos y se unieron para siempre en matrimonio: un matrimonio que ellos sabían duraría hasta que la muerte los separara. Sus corazones estaban unidos, sus voluntades fundidas en una sola, sus almas una misma.

    Un día después, el miércoles, Victoria Ingram, de treinta y ocho años de edad, donó uno de sus riñones a su nuevo esposo Randall Curlee, un diabético de cuarenta y seis años. No sólo sabían compartir corazones sino también órganos internos.

    El doctor Roberto Méndez, de San Diego, California, realizó el trasplante. Fue muy interesante el comentario del cirujano. «Victoria —dijo él— es la persona más desinteresada que conozco. ¡Es increíble!»

    He aquí un matrimonio que da el ejemplo. Comparten absolutamente todo en la vida: su corazón, su voluntad, su alma, su destino, su casa, sus haberes, su cuenta bancaria y todos los gastos conjuntos del matrimonio. Encima de todo eso, ahora habían de compartir un riñón. ¡Unión perfecta!

    Ese matrimonio se había formalizado para durar toda la vida. No se habían casado por uno o dos años nada más sino tal como Dios lo estableció desde el principio: para siempre. Y siempre quiere decir, sin excepción alguna, siempre.

    Hay quienes alegan que una solución es el divorcio. Pero si acaso es una solución, es también una mutilación. Es más, cuando un brazo o una pierna se gangrenan y hay que recurrir a la amputación, siempre es, como quiera, una mutilación.

    Ningún matrimonio debe llegar al naufragio. Y un divorcio es un naufragio en que todos pierden: se pierde el matrimonio, se pierden los hijos, se pierde el hogar, se pierde la familia, se pierde la sociedad. Nadie gana en un divorcio.

    ¿Se puede evitar un divorcio inminente? Claro que sí. Se evita cultivando aquellos valores que enriquecen el matrimonio: el amor, sobre todas las cosas, después la simpatía, el compañerismo, la honra y la ayuda mutuas, la comprensión, la comunicación, y el perdón siempre listo a pedirse y a darse.

    Por encima de todo, si el matrimonio ha de ser feliz y duradero, es imprescindible que los cónyuges tengan los mismos valores espirituales. Cuando marido y esposa se entregan de corazón a Jesucristo y lo hacen el Señor de su vida, de su matrimonio y de su hogar, lo único que los podrá separar es la muerte.

    Rindámosle nuestra vida a Cristo, y veremos que Él se encargará de que nuestro matrimonio sea una unión perfecta.

    Hermano Pablo
    Un Mensaje a la Conciencia
    www.conciencia.net



  • «NUNCA PUDISTE PERDONARME»

    «Tengo que confesar que, cuando me enteré hace unos momentos de la muerte de la hija menor de doña Clementina, hacía muchos años que no pensaba en ella. [En] la noticia... del periódico... invita a la ceremonia fúnebre su hermano, porque ella nunca llegó a casarse.

    »... ¡Florinda, Florindita, Florinda! La quise con ese primer amor que nos deja una nostalgia especial en el alma.... ¡Por cuánto tiempo allá en mi juventud acaricié su nombre a solas, entre suspiros! Aún me parece verla, el talle erguido y la mirada brillante, rozando las teclas del piano, arrancando melodías que me llenaban de una emoción que amenazó con romperme el pecho a fuerza de latidos. Y ahora, Florinda está muerta....

    »Doña Clementina... organizó una fiestecita en su casa a la cual estaba invitada toda la juventud. Felipe llegó tarde... y nos fue saludando uno a uno hasta llegar a Florinda, que se le quedó mirando con tal angustia que todos nos dimos cuenta de que algo había pasado entre esos dos que no estaba resuelto aún.... [Por los] celos que me ahogaban... tuve que salir de la casa [para] no dar un espectáculo....

    »Fuimos todos a la finca al día siguiente.... Llegamos allá al río, todos los muchachos dispuestos a bañarnos....

    »... Sólo quería que vieras a Felipe tan ridículo como lo veía yo, un montuno ignorante incapaz de nadar, porque le tenía miedo al agua. ¡Te lo juro, Florinda! Yo no lo empujé al charco como tú creíste. Él se cayó solito de las piedras, y quién sabe cómo se golpeó. ¿No te diste cuenta de que fui el primero en tirarme, cuando noté que no salía? Sentí allá abajo, cerca del fondo, su cuerpo desesperado buscando apoyo, y traté de sacarlo; pero se prensó de mis piernas halándome al abismo cenagoso, y tuve que empujarlo porque yo también me ahogaba. Todos se dieron cuenta de que yo hice un gran esfuerzo por salvarlo, menos tú; escuché tus gritos de espanto cuando logramos sacar el cuerpo frío y sin vida del agua, y vi tus ojos de acusación antes de que te desmayaras....

    »Nunca me contestaste las cartas. Te encerraste en una soledad que nadie pudo llenar, y todos en el pueblo pensaron que te escondiste así por la muerte de tu padre y se olvidaron de aquel verano cuando nos volvimos viejos de repente.

    »Y ahora estás muerta, Florinda, y sé que nunca pudiste perdonarme....

    »Espero que alguno de mis nietos pueda llevarme al entierro de Florinda. Tengo que cumplir con ella aunque sea por última vez.»1

    Así termina el cuento de la doctora Rosa María Britton, ginecóloga, oncóloga y prolífica escritora panameña, al que le puso por título «El primer amor». Se trata de un amor romántico que nunca llegó a ser correspondido, debido a que la mujer amada juzgó con severidad y condenó sin misericordia al hombre que ansiaba manifestárselo. Gracias a Dios, en lo tocante a su amor divino no tenemos que preocuparnos por que Él nos juzgue con severidad por nuestros errores y desatinos, ni mucho menos por nuestros pecados si se los confesamos. Porque Él no envió a su Hijo Jesucristo al mundo a condenarnos sino a salvarnos.2 Tanto es así que, en la hora misma de su muerte por nuestros pecados, Jesús le dijo al Padre que lo había enviado: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»3

    Carlos Rey
    Un Mensaje a la Conciencia
    www.conciencia.net


    1 Rosa María Britton, La muerte tiene dos caras, 3a. ed. (Panamá: Editora Sibauste, 2003), pp. 47-60.
    2 Jn 3:16-17; 8:1-11; 1Jn 1:9
    3 Lc 23:34


  • LA ESTATUA DE VENECIA

    En Venecia hay una estatua reconocida por su belleza artística y sus líneas estéticas. La estatua se esculpió hace muchos siglos, y con el tiempo y el descuido se quebró en más de mil fragmentos.

    Un día, un artista con suma paciencia encontró esos fragmentos y comenzó, poco a poco, a unirlos uno con otro. Invirtió muchos años de su vida en la restauración de la imagen quebrada. Cuando al fin terminó, aquello que había sido sólo basura volvió a ser una obra de arte que era objeto de admiración universal.

    Si aquel artista en Venecia tuvo a bien dedicar tanto tiempo y trabajar con tanto esmero en la restauración de una imagen tallada inicialmente por otro, con mayor razón Dios, como el Artista por excelencia que es, siempre está dispuesto a invertir tiempo y a laborar con esmero en la restauración de seres humanos que Él mismo ha creado a su imagen. Y más aún cuando se considera que Dios es el único Artista que tiene tanto el interés como la capacidad que se requieren para hacerlo. Porque si bien otros escultores tenían la capacidad para restaurar esa estatua en Venecia y obtener los mismos resultados que el artista que lo hizo, no hay ningún otro Escultor, fuera de Dios, que pueda cambiar el corazón humano. Y si bien el escultor en Venecia estuvo dispuesto a sacrificarse para terminar el trabajo de restauración, invirtiendo muchos años de su vida, Dios, en la persona de su Hijo Jesucristo, no sólo estaba dispuesto a sacrificarse sino que dio su vida misma para terminar su obra de renovación.

    Todo lo que hacemos por nuestra cuenta en beneficio propio tal vez produzca cultura o disciplina, pero no transforma nuestro corazón. En cambio, cuando nos ponemos en las manos del Escultor divino y le pedimos que perdone nuestros pecados y arregle así nuestras imperfecciones, algo sucede. Aquellos fragmentos de nuestra vida desilusionada, llena de amargura y de resentimiento, llena de odio y de rencor, y llena de vicios incontrolables, Dios los une y los restaura a su imagen y semejanza. Esa vida antigua nuestra, totalmente perdida, se vuelve nueva por su intervención divina. Y lo mejor de todo es que no hay persona alguna, por más descuidada y quebrada que esté su vida, que Él no pueda restaurar a la obra de arte que era cuando la creó.

    Ahora bien, hay una diferencia fundamental entre esa estatua de Venecia y la vida de cada uno de nosotros. La estatua de Venecia no tenía voluntad propia, mientras que nosotros sí la tenemos. La estatua de Venecia no podía decidir si habría de ser restaurada o no. En cambio, en el caso nuestro somos nosotros los que decidimos si hemos de ser restaurados. Dios está dispuesto a emprender la obra. Él no sólo puede sino que quiere transformar nuestra vida. Él tiene la habilidad, el poder y la voluntad para hacerlo, pero nunca impone su voluntad. La decisión es nuestra.

    Carlos Rey
    Un Mensaje a la Conciencia
    www.conciencia.net




  • «NI ARREPENTIMIENTO NI REMORDIMIENTO»

    Lentas, solemnes, llenas de unción religiosa, se elevaron las bellas notas del Avemaría. La inmortal melodía de Franz Schubert, bien cantada, brotaba de los labios de Robert Solimine, joven de diecisiete años de edad.

    Con los ojos cerrados, aquel joven elevaba su alma a Dios cuando, de repente, la melodía se interrumpió. Una cuerda delgada pero fuerte detuvo el canto. Con esa cuerda James Wanger, otro joven de diecinueve años de edad, estranguló a Robert, extinguiendo su voz junto con el Avemaría. Y sólo porque no podía soportar la oración de Solimine.

    He aquí un caso extraño. Robert Solimine, la víctima, era una persona de profunda convicción religiosa. Trataba de hacer ver a sus amigos los resultados destructivos de una vida de drogas y de licor. Un día se le ocurrió cantarles el Avemaría. El resultado fue ira, amenaza y estrangulación.

    El juez le dijo a James Wanger, el asesino: «No puedo ver lo que hay dentro de ti; pero sí veo que no hay ni arrepentimiento ni remordimiento.» Y lo condenó a cadena perpetua, con la posibilidad de solicitar la libertad condicional cuando cumpliera cincuenta y siete años.

    Es difícil comprender cómo puede haber personas que en esas circunstancias no manifiestan, según lo expresó aquel juez, ni arrepentimiento ni remordimiento. Tienen la conciencia encallecida, los sentimientos muertos y un corazón de piedra, tan endurecido que no sienten nada. Respiran, viven y actúan, pero no saben lo que es sentir culpa ni pedir perdón.

    Si bien el juez no podía ver el interior de James Wanger, Dios sí podía verlo. Porque Dios ve el corazón, la conciencia y los pensamientos de todos los seres humanos. Él nos ve al trasluz porque es Dios y sabe todo lo que estamos imaginando.

    El apóstol Juan, viendo cómo las multitudes se acercaban a Jesucristo debido a sus milagros, escribe: «Jesús no les creía porque los conocía a todos; no necesitaba que nadie le informara nada acerca de los demás, pues él conocía el interior del ser humano» (Juan 2:24,25).

    Cristo sabe lo que hay dentro de nosotros. Él sabe todo lo que pensamos y sentimos, y hasta sabe si nuestros pecados nos duelen. Sin embargo, si nos arrepentimos de todo corazón, Él corresponderá a ese arrepentimiento sincero. Es más, antes que lo expresemos con los labios, Él ya nos estará perdonando. Pero conste que tiene que ser un arrepentimiento genuino. Que la emoción del Cristo crucificado invada nuestro ser, de modo que podamos decir sinceramente: «¡Perdóname, Señor, todos mis pecados!»

    Hermano Pablo
    Un Mensaje a la Conciencia
    www.conciencia.net




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