En aquella ocasión no tenía nada. Oré al Señor confiando que él
proveería el dinero si quería que yo fuese. Después de la oración el
Señor comenzó a darme dinero. Aún así, lo que tenía era dos o tres
veces menos de lo necesario. Tenía 20 dólares y poco más que 100
monedas de 10 centavos. Pero mi colega me escribió diciendo que todo
estaba listo e insistió que yo fuese inmediatamente. Entonces mandé un
telegrama respondiendo que yo partiría un cierto viernes.
El jueves anterior a mi partida, quedé impresionado por la palabra de
Dios: «Dad y se os dará». Tuve una cierta ansiedad en mi corazón, no
porque no estuviese dispuesto a dar todo, sino porque no podría viajar
si el Señor no supliese lo que faltaría. No obstante, aquella impresión
creció dentro de mí. Sentí que debería dar los veinte dólares y
quedarme sólo con las monedas para mi uso particular. Pero ¿a quién
daría el dinero? Pensé en darlo a un cierto hermano con familia. Cuando
terminé de orar, no me atrevería decir que fui obediente, pero tampoco
diría que fuese desobediente. Simplemente dije: «Señor, heme aquí». Me
levanté, salí, orando para que yo encontrase a aquel hermano en mi
camino. Y he aquí que cuando estaba a medio camino vi a aquel hermano
viniendo en mi dirección. Si por un lado mi corazón se sintió
apesadumbrado, por otro, yo estaba preparado para darle el dinero, lo
que de hecho sucedió. Le dije: «Hermano, el Señor quiere que yo deje
este dinero en su mano». Entonces partí. Después de apartarme un poco,
las lágrimas corrieron por mi rostro y me dije a mí mismo: «Ya
telegrafié a mi hermano diciéndole que iría, y ahora me quedé sin
dinero. ¿Podré ir aún?». Por otro lado, sentí gran paz en mi corazón.
¿Acaso el Señor no había prometido «Dad y se os dará»?
Había llegado el momento de que el Señor supliera mi necesidad, pero
nada sucedió ni el jueves ni el viernes. Otro hermano me acompañó hasta
la embarcación que me llevaría hasta el puente Hong San. De allí
tomaría un pequeño barquito a vapor hasta llegar a Swaykow. Estaba de
veras aterrado, pues nunca antes había dejado mi ciudad natal Foochow.
Como nunca había estado en el interior antes, no conocía a nadie al
llegar allá. Después de despedirme del hermano, oré en aquel barquito
hasta conciliar el sueño: «Señor, ofrendé a los demás, ahora te
corresponde a ti suplir o no». En el mismo día en que llegué al puente
Hong San embarqué en el barco a vapor. Caminé a los largo de la
cubierta del barco varias veces, creyendo que eso ayudaría a que Dios
supliese mi necesidad. Pero no encontré a ningún conocido. Aún así, mi
corazón reafirmaba que el Señor supliría debido a que yo había dado lo
que tenía.
El barco llegaría a Swaykow a las cuatro o cinco de la tarde del día
siguiente. De allí tendría que tomar un barco particular para recorrer
el último trecho. Esa era la parte más cara y yo sólo tenía un poco más
de 70 monedas de 10 centavos. Estaba viviendo un dilema. Oré: «Señor,
ahora me estoy acercando a Swaykow. ¿Debo desistir y comprar un pasaje
de regreso a Foochow?». Pero en lo íntimo me surgió el siguiente
pensamiento: «¡Tonto! ¿Por qué no pedir a Dios un pasaje más barato
para proseguir viaje?». Sentí que había tocado en algo lleno de
significado. Entonces oré nuevamente: «Señor, no te pido más dinero,
sino te pido que me capacites para llegar hasta Chien-Au». Tuve paz en
el corazón.
Mientras estaba en pie en el barco de vapor, se aproximó un hombre en
un barco y me preguntó si estaba yendo para Nanking o para Chien-Au. Le
dije que iba a Chien-Au. El hombre afirmó entonces que llevaría allá
por siete dólares, ¡un poco menos de lo que yo tenía! Tan luego oí
aquella propuesta yo supe que el Señor había provisto. Dejé, entonces,
que el hombre llevase mi equipaje para su barco. Debido a que ese
trecho del viaje normalmente cuesta 70 u 80 dólares, no logré
contenerme y le pregunté por qué su precio estaba tan bajo. Su
respuesta fue que el barco había sido arrendado por las autoridades
locales y que el oficial que viajaba en la cabina de enfrente le
permitió incluir un pasajero más en la cabina de atrás. Por lo tanto,
él estaba de hecho ganando un dinero extra. Recuerdo que con el resto
del dinero que tenía, incluso conseguí comprar algunas legumbres y
carne aquel día. Fue así como llegué a Chien-Au.
El viaje de regreso no fue ni un poco más fácil. Tenía sólo dos monedas
de 10 centavos en mi bolsillo. Mis clases se reanudarían en breve, por
lo tanto, necesitaba regresar tan luego terminasen las reuniones. Oré
continuamente. Tres días antes de mi partida fue invitado por un
misionero a comer. Él dijo: «Sr. Nee, fuimos grandemente ayudados por
su visita. ¿Me permitiría pagar su viaje de regreso?». Al oír aquello
quedé satisfecho, pero incómodo. Entonces respondí: «Ya tengo a Alguien
responsable por mí». Me pidió perdón por haber hecho tal petición. Al
volver a mi cuarto, me arrepentí de lo que hice. Una vez más yo había
perdido la oportunidad. Sin embargo, al orar, sentía paz en el corazón.
Tres días después, el día de mi partida, sólo tenía dos monedas de 10
centavos. Mi equipaje ya había sido llevado al barco y mi colega caminó
conmigo hasta el muelle. Yo oraba continuamente: «Señor, tú me trajiste
hasta Chien-Au, ¿fallarás en llevarme de vuelta a Foochow? Eres
responsable por mí y no permites que nadie tome sobre sí esa
responsabilidad». Estaría dispuesto a reconocer si estuviese equivocado,
pero no pienso que lo esté. La responsabilidad es tuya. Tú mismo
dijiste «dad y se os dará». Casi llegando al barco, recibí una carta
del misionero a través de su criado. Ella decía: «Sé que alguien es
responsable por usted. Pero Dios me mostró que yo debo participar de su
visita a Chien-Au. ¿Permitirá usted que participe un hermano más viejo?
Por favor, acepte esta pequeña ofrenda». Al recibir el dinero, agradecí
al Señor diciendo: «Oh Dios, este dinero llegó en buena hora». Además
de pagar mi pasaje de regreso, recuerdo que gasté el resto imprimiendo
un número de la Revista Avivamiento.
Después de mi regreso, fui a visitar a mi co-obrero. Su esposa estaba
en casa. Ella me dijo: «Sr. Nee, me gustaría hablar con usted. ¿Puedo
saber por qué le dio a mi marido 20 dólares antes de dejar Foochow? Por
qué puso ese dinero en su mano y se fue inmediatamente.» Le dije:
«Simplemente porque el Señor, después de un día de oración, me mostró
que debería darle el dinero. Así, cuando lo encontré en la calle le
pasé el dinero». «¿Usted sabía que habíamos tenido nuestra última
comida y usado todo el combustible que nos quedaba esa noche? Con el
dinero que usted le dio compramos arroz y combustible que duró hasta
pocos días atrás, cuando el Señor proveyó una vez más. Habíamos estado
esperando delante del Señor por tres días cuando recibimos su dinero».
No le conté mi historia, pero al dejar la casa, fui considerando por el
camino: «Si me hubiese quedado con aquellos 20 dólares en mi bolsillo
habrían sido inútiles, pero al repartirlo, ¡cuán útiles fueron!».
Levanté mi cabeza y dije al Señor: «Esta es la primera vez que
realmente experimenté Lucas 6». Allí mismo me consagré al Señor. De
allí en adelante, yo ofrendaría y no retendría ningún dinero.
Tomado
de Administrando sus finanzas.
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